

EL SONIDO DEL ALMA: HOMENAJE AL BANDONEÓN MAYOR DE BUENOS AIRES
Un 11 de julio de 1914, los adoquines del Abasto vieron nacer a un mito. No era solo un músico; era la sensibilidad de toda una ciudad hecha melodía.
Aníbal «Pichuco» Troilo, el hombre que le enseñó al tango a hablar con el corazón.
La historia cuenta que a los 10 años, encandilado por el sonido del fueye, convenció a su madre de comprarle su primer instrumento en cuotas. La apuesta de esa madre cambió la música rioplatense para siempre: apenas un año después, con solo 11 años, el pequeño Pichuco debutaba oficialmente en un bar vecino al Mercado del Abasto, a Troilo no le interesaba la velocidad ni el virtuosismo técnico rápido. Lo suyo era otra cosa. Tocaba con los ojos cerrados, arrastrando las notas, dándole prioridad a la emoción pura y al fraseo melancólico. Esa capacidad única de hacer llorar al instrumento le valió el título definitivo: «El Bandoneón Mayor de Buenos Aires»
Su mítica Orquesta Típica no solo marcó la época de oro del tango, sino que funcionó como el gran semillero de nuestra música. Por sus filas pasó un joven y revolucionario Ástor Piazzolla (quien fue su arreglador), y se consagraron voces que hoy son marcas registradas de nuestra identidad, como Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero.
Es imposible pensar en el tango, sin que nos resuene el eco de Sur, Barrio de tango, Garúa o la desgarradora poesía de La última curda.
Hoy, a más de un siglo de su nacimiento, su bandoneón sigue sonando en cada rincón donde alguien extrañe, recuerde o ame. ¡Gracias por tanto, Pichuco!